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Lazos Rotos

Esquizofrenia en la socialdemocracia canaria.

Medios alternativos / Canarias Semanal.- Armando Quiñone. Con los socialdemócratas del Partido del Gobierno socialista ocurre algo similar a lo que sucedía con la policía de la dictadura de Franco: se reparten los papeles. "Policía bueno", "policía malo". El primero se te acercaba afable y comprensivo. Con inusitada amabilidad te invitaba a un cigarrillo y trataba de persuadirte de que, en el fondo, él también compartía contigo tus reivindicaciones democráticas. "Este tío es un ultra, un bestia"- te susurraba al oído, aludiendo a su colega el "policía malo". "Si no le sueltas alguna cosilla, algún dato, algún nombre, te puede suceder lo peor". Cuando el supuesto policía "demócrata" comprobaba que no ibas a sucumbir a su chantaje sentimental entraba en escena, abruptamente, el "policía malo". Aunque la finalidad era la misma, la metodología para obtener la información cambiaba radicalmente. Una violenta lluvia de puñetazos, patadas y bofetones acompañaban a las preguntas del polizonte.

Algo similar sucede con los socialdemócratas del PSOE. Sufren una extraña suerte de esquizofrenia. No es, desde luego, una patología nueva en ellos. Ya desde la época de Felipe Imperator se comportaban de manera similar. En las penumbras siniestras del Ministerio del Interior Corcuera y Barrionuevo "resolvían" los problemas sociales con la famosa "patada en la puerta". O, también, organizando y financiando las bandas asesinas de los GAL que segaron las vidas de no pocos ciudadanos. En la por aquellos tiempos alegre recova de la economía, encargaron al repelente Solchaga privatizar y malvender el país por cuatro duros a las grandes empresas europeas. Felipe González, en cambio, se reservó la Cátedra de "consejos éticos". Desde el púlpito de los medios de comunicación del Estado y del grupo PRISA, divulgaba urbi et orbi los principios ambiguos de una filosofía sin principios. El común de la ciudadanía creyó durante años a este tahúr del Guadalquivir. Al fin y al cabo los "malos" eran Solchaga, Corcuera y Barrionuevo. Ellos fueron los que arrojaron a los brazos del paro a millones de trabajadores con una reconversión industrial salvaje o desaparecieron a "cal y canto" a los opositores pertinaces.Felipe, se decía en aquellos años de estúpida ingenuidad, "no se enteraba", como antes "no se habían enterado" Suárez, Franco o el mismísimo Alfonso XIII.

En nuestros días, las cosas no han cambiado mucho. Finos portentos como el ex ministro José Bono y el presidente de Extremadura Rodríguez Ibarra asumieron la tarea de engordar a lo más rancio del franquismo cultural - que todavía anida en una importante franja de nuestra sociedad- con chascarrillos ultra reaccionarios, soflamas patrioteras y amenazantes advertencias. Uno y otro, sabedores de lo bien acogidos que son ese tipo de recados en las covachas de la Trilogía de las instituciones fácticas -Iglesia, Finanzas y Ejército- terminaron convirtiéndose en rutilantes estrellas de la misma cadena COPE. Obviamente, la credencial de beatífico querubín celestial no podía corresponderle a otro que al propio presidente del gobierno, auxiliado más por su figura que por su genio. Como antaño, los papeles de la "bondad" y la "maldad" vuelven a repartirse. El presidente, cumpliendo la promesa insoslayable que favoreció su victoria electoral, nos sacó de Irak. Pero, simultáneamente, el entonces ministro de Defensa, Bono, reforzó nuestra presencia militar en Afganistán, otro país onerosamente invadido; y mandó a un par de centenares de guardias civiles a custodiar los valores eternos de la civilización occidental en Haití, impuestos manu militari por las tropas estadounidenses.

Los "buenos". En nuestras Ínsulas de las corrupciones eólicas y municipales las cosas no cantan en un tono menor. Un PSOE sin el poder de las instituciones se prepara para el abordaje del galeón autonómico. Es una oportunidad única para quienes fueron condenados al ostracismo político hace tres lustros. En esta ocasión las están "pintando calvas", y no es cuestión de desaprovechar la coyuntura. Los Arcadio Díaz, Santiago Pérez y José Miguel Pérez tratan de ocupar el mascarón progre de la nave del PSOE canario. Lo embellecen y engalanan. Desean hacerlo masticable a las clases medias ilustradas y a la corrupta burguesía isleña. Arcadio, un ex de casi todo, cubre el flanco populista y dicharachero. José Miguel Pérez, vía cátedra y sopor, intenta darle lustre y esplendor a los escudos del maltrecho gremio local y, finalmente, Santiago Pérez, el seudo enfant terrible de los socialdemócratas laguneros, rebaña apoyos entre las filas de los desconcertados rebeldes posibilistas de la isla picuda. Su labor consiste en dar cuerpo a los castillos de humo del electorado, en construir las ilusiones del votante, en confundir con juegos malabares a los indecisos. Este papel no lo desempeñan al azar. En mayor o menor medida estos personajes formaron parte de las filas del antifranquismo militante. Son ex comunistas vergonzantes que han pasado una goma de borrar por su pasado. No creen ya, ni de lejos, en aquello de que "el mundo ha de cambiar de base", pero a diferencia de la mayoría de sus compañeros de militancia de hoy, son conscientes de que disponen de recursos y experiencia para aparentar lo contrario. Por eso están donde están. Ellos son los "buenos".

El "Malo". Pero estos personajes no son el poder real, el auténtico, el que maneja la porra y el fusil en nombre del Estado. La personificación en Canarias de ese poder es José Segura Clavell. Él, y no otro, es el encargado de traducir la filosofía del Gobierno central en el Archipiélago canario. Y eso es lo que ha hecho estos días. Por primera vez desde el año 77 se ha prohibido la celebración de una manifestación el próximo Primero de Mayo. El FSOC, un sindicato nacionalista con cierto arraigo en el Sur de Gran Canaria, había convocado a sus simpatizantes a la realización de una caravana con motivo de la fecha. La prohibición fue fulminante. Se trata, sin duda, de un hecho gravísimo. La celebración del día de la clase trabajadora no es una efeméride baladí, carente de importancia histórica. Los trabajadores de todo el mundo han pagado un precio muy alto en vidas por intentar rememorar su significado a lo largo de los últimos cien años. Independientemente de las razones que se hayan podido esgrimir para justificar el dislate, la prohibición no resulta ajena al perfil del personaje que la ha protagonizado. La biografía del Delegado del Gobierno es arquetípica del político del postfranquiismo. Segura Clavell es un socialista de aluvión, de aquellos que acudieron al primer toque del banderín de enganche del felipismo "renovador", en la segunda mitad de los setenta. Ingresó en el PSOE en las postrimerías del franquismo olfateando, sin duda, que entre tanto advenedizo a un profesor de química podía aguardarle un brillante futuro. En su época universitaria lagunera, sin embargo, no movió ni un meñique para empujar la caída de la dictadura, y eso que compartía pupitre con dos notorios "rojos" de entonces: Manuel Galarreta y Antonio Medina. Pero don José era un hombre realista y pragmático, y por aquellas fechas no veía muy clara la caída del dictador. Y no le faltaba razón. Tendría que transcurrir todavía casi una década para que el franquismo entrara en descomposición terminal y se abrieran, por fin, vedas y oportunidades para los hombres que como él manejaban un verbo florido. A partir de entonces la trayectoria política del Sr. Segura Clavell ha sido un puro ascenso. Diputado, Presidente del Cabildo tinerfeño, Alcalde de la muy noble ciudad de La Laguna y, ahora, primer representante del Gobierno de la Corona en este Archipiélago de Barataria, es decir, un auténtico virrey en pleno siglo XXI. Su andadura por los andamios del poder se ha caracterizado por el enfermizo empeño de situarse siempre a la derecha de la propia derecha. Puede decirse, no obstante, que se trata de un hombre que, independientemente de cuales sean sus intenciones, cree en lo que dice.

Acérrimo defensor de las privatizaciones no ha dudado en abanderar las reiteradas tentativas de los gobiernos del PSOE de poner en manos de los empresarios la estiba portuaria. Adelantándose a las subrepticias intenciones de sus colegas del Ministerio de Exteriores, fue el organizador del primer viaje institucional al Sáhara ocupado por Marruecos. Acompañado por una cohorte de empresarios ávidos de negocios fáciles -y por políticos sin escrúpulos- se presentó en un territorio ocupado por un país que no posee siquiera el estatus de potencia administradora del mismo. En esa ocasión, sus pulsiones derechistas hicieron tambalear la tradicional política de amistad que el Archipiélago ha mantenido con el pueblo saharaui, respetada, incluso, desde los lejanos tiempos de la UCD. Para Canarias el mantenimiento del equilibrio en la zona no es sólo una cuestión de solidaridad con un pueblo que combate por su autodeterminación, sino también un delicado problema geopolítico.

Conocedor del hecho de que un importante sector de esta sociedad premia la gestión autoritaria del "orden" y la "seguridad", no dudó un instante en nombrar comisario jefe de Santa Cruz de Tenerife a un policía, Antonio Gil Rubiales, condenado por el Tribunal Supremo por torturar a un detenido que terminaría muriendo horas después de ser evacuado de comisaría.

Sus éxitos los mide en numero de detenidos y en operaciones truculentas a lo Elliot Ness, en las madrugadas santacruceras. Como hiciera el "chino" Fujimori en el Perú de los ochenta, Segura se exhibe rodeado de cámaras, como una estrella, mostrando complacido la envergadura de sus trofeos. Su irreprimible atracción por las luces y los flashes ha terminado convirtiendo el cargo gubernativo que ostenta en un ridículo espectáculo.

No es un secreto ni para los propios militantes del PSOE que en este almidonado personaje se entremezclan explosivamente la estupidez y la temeridad. El “malo”, en esta ocasión, se está pasando de la raya. Atreverse a prohibir una manifestación del Primero de Mayo no es una provocación cualquiera. Cuando menos debería suscitar una seria reflexión en la raquítica y fragmentada izquierda organizada de las Islas. Cuando más, una respuesta contundente y unitaria que pusiera fuera de juego a este remilgado petimetre.

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