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Lazos Rotos

La fuerza de la crítica y la crítica de la fuerza.

Medios alternativos / La Haine.- Fidalgo, como Zapatero y Méndez, son la "izquierda". Esta es la izquierda que avanza en el control de los movimientos sociales, una vez desmovilizados y traicionados en la primavera del 2003. Quien trabaja por la unidad con “esta izquierda”, trabaja por la impotencia del movimiento popular. Las luchas existentes contienen los únicos enfrentamientos de hecho, pero no las palabras que explican la dimensión política de dichos enfrentamientos. Al contar con la práctica pero no con la teoría, sufren un vacío teórico. Como el vacío se llena, a falta de un lenguaje propio para explicarse a sí misma, la lucha de los de abajo habla con el lenguaje de los de arriba.

Esta carencia no priva a las luchas de su fuerza inmediata, pero esteriliza su potencia en términos sociales e impide el proceso de acumulación de fuerza colectiva. Por eso no representan freno alguno al proyecto de los poderosos. Son una fuerza sin crítica, una práctica sin teoría. Una potencia necesaria, pero no suficiente. Esto explica que las agencias de la socialdemocracia en los Movimientos Sociales no quieren procesos de convergencia y unificación, sino campañas separadas.

La izquierda capitalista impide que los colectivos que luchan desde abajo tomen conciencia de la profundidad de éste vacío. Al hacerlo, desactiva el poder constituyente y ejecuta el papel de oposición leal. Esto le permite sustituir a la derecha en el gobierno cuando amplios sectores populares perjudicados la retiran el voto. A continuación, aplican desde el gobierno las mismas políticas que sus antecesores comprando y cooptando a dirigentes y colectivos con influencia en los movimientos sociales. En el siguiente ciclo su propio desgaste por las políticas aplicadas, amplificado por las críticas de la derecha ahora en la oposición y, eventualmente, por las movilizaciones de descontento y el auge de colectivos anticapitalistas, les hace perder el gobierno. Con ello se inicia un nuevo ciclo, el eterno retorno de una Historia que deja de ser el resultado de la voluntad popular, para ser el resultado de la descontrolada dinámica de una sustancia abstracta, el Capital. En este ciclo las luchas locales carecen de potencia constituyente porque lo hacen, pero no lo saben.

La ficción se mantiene por la integración y centralización política de los poderes judiciales, políticos, sindicales, académicos y mediáticos. Los jueces violan las leyes en sentencias prevaricadoras, los políticos violan la democracia invocando su defensa, los sindicatos garantizan que nadie pueda, mediante la organización de los conflictos, mostrar la posibilidad de impedir los abusos. Las mafias académicas condenan al ostracismo a quien se atreva a “pensar” y decir lo que sucede realmente en la sociedad. Los grandes medios de comunicación social complementan el cierre. Solo existe lo que ellos reproducen. Cuando algún movimiento escapa al control político y alcanza la suficiente importancia, si ha cuidado sus mensajes a la sociedad, existe la posibilidad de que, en una primera etapa, esa lucha se difunda e ilumine, como un fogonazo, el adormecido espíritu de lucha de millones de personas. Referirse a la gente trabajadora como mercado de trabajo y vincular su destino al de mero instrumento del capital, es apología de un sistema que mata, enferma, oprime, miente y agobia, más que ningún otro en la historia de la humanidad. Es decir, es apología del terrorismo.

Fidalgo y todo el aparato que le secunda ha llegado muy lejos. Pero Fidalgo, como Zapatero y Mendez, son la izquierda. Esta es la izquierda que avanza en el control de los movimientos sociales, una vez desmovilizados y traicionados en la primavera del 2003. Quien trabaja por la unidad con “esta izquierda”, trabaja por la impotencia del movimiento popular.

Fidalgo es vicario de las fuerzas del mercado. Predica, como hace el Papa respecto a la voluntad de Dios, que no se puede hacer nada contra la voluntad de los mercados. Esta izquierda que despolitiza la vida cotidiana para ocultar su radical politización a favor de las necesidades del mercado, controlado por los poderosos, es la responsable del imperio de la economía, de la degradación de la política y de la propia izquierda. Coopera en la inoculación del principio de desesperanza: “puesto que todo está podrido y no hay salida colectiva, solo cabe competir eficazmente y ofrecerse al poder como esquirol para gozar de un éxito a costa de mis iguales”. Este ciudadano progre, consumidor, calculador y oportunista es la base del “fascismo dulce”. Los colectivos sociales que observan este comportamiento son la base del sometimiento de los movimientos sociales a la “unidad de la izquierda”.

Esta izquierda es el huevo de la serpiente, lleva dentro la impotencia y, por lo tanto, la sumisión al poder, a cualquier poder. Su impostura le exige eliminar de las relaciones sociales el diálogo y la razón, sustituyéndolas por propuestas irracionales imposibles de cumplir como: acabar con los accidentes de trabajo, pleno empleo, empleo estable con derechos, conciliación de la vida familiar y laboral, competitividad y progreso social, flexibilidad para las empresas y estabilidad para los trabajadores, derechos humanos, dignidad humana, derecho a la vida, imperio de la ley, estado de derecho, igualdad de oportunidades, pertenecer a la primera generación capaz de acabar con la pobreza en el mundo.

Mientras la ficción funcione y la gente que “lo sabe” haga “como si no lo supiera”, el fascismo no necesita eliminar la democracia e ilegalizar a los partidos y sindicatos de izquierda, porque dicha democracia, con sus partidos y sindicatos, es el instrumento con el que cumple sus fines de explotación, dominio, sumisión social y envilecimiento general.

Aunque son necesarias, las palabras críticas escritas en un papel no son suficientes para impedir la reforma laboral que traerá el “diálogo social”. Un programa de medidas alternativas – más verdaderas, por partir con más sinceridad de los problemas reales y venir acompañados de invocaciones a la lucha, pero sin fuerza propia para garantizar su aplicación - tampoco es suficiente para convertir la denuncia en una fuerza real.

La crítica teórica es real solamente en el entido “inmaterial”. La fuerza de la crítica es incompleta porque si se queda en el papel no es material y por lo tanto, no existe (en la acepción política del término existir). Es una teoría sin práctica. Los teóricos que la formulan son profetas desarmados. Por eso, si no se vinculan con las luchas reales, acaban siendo cooptados por la izquierda alterglobalizadora para que, una vez tras otra, nos cuenten en jornadas y foros rigurosamente separados de las movilizaciones, lo mala que es la globalización neoliberal. Lo saben, pero no lo hacen..

La única salida es unir en un mismo proceso de lucha, la fuerza de la crítica y la crítica de la fuerza. El protagonismo de quienes lo saben y además lo hacen.

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