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Lazos Rotos

La llegada masiva de inmigrantes a Canarias constituye, según los gobernantes, una amenaza contra el turismo insular. Pobres turistas.

Medios alternativos / Rebelión | ATACC- Madrid.- Juan José Millás. La gente dejó de holgar, que es lo que se hace en vacaciones, y se constituyó en una ONG espontánea. Padecimos durante el verano tres graves amenazas: la invasión de medusas, que coincidió con un aumento de temperaturas en el Mediterráneo; la llegada masiva de inmigrantes, que coincidió con un artículo de Esperanza Aguirre sobre los beneficios de la globalización; y la irrupción del fuego en Galicia, que coincidió con la llegada de los socialistas a la Xunta. La foto corresponde a la segunda de las amenazas, o sea, a la llegada masiva de inmigrantes, en este caso a una playa de Tenerife donde la gente se ponía morena. Estábamos calculando científicamente el tiempo de exposición al sol, para ganarle la partida al melanoma, cuando sufrimos una invasión de negros moribundos sobre la que los dermatólogos no nos habían advertido. En un minuto se había inundado la playa de negros, y aún no había subido la marea.

Se trataba de un problema de carácter a todas luces existencial, puesto que afectaba a la existencia de los inundados y de los inundantes. De tal modo se lo tomaron los primeros, a quienes faltó tiempo para convertir sus pareos en parasoles, sus toallas en mantas, sus reservas de agua mineral en agua bendita. Una ola de solidaridad recorrió la playa de Tenerife, de modo que la gente dejó de holgar, que es lo que se hace en vacaciones, y se constituyó en una ONG espontánea, dispuesta a dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de cubrir al desnudo . Veías los telediarios y creías que el mundo se había vuelto loco, pues por una vez, y sin que sirviera de precedente, tratábamos a nuestros semejantes como semejantes. Observen el amor (y la angustia) con el que esas dos mujeres cuidan del negro que les ha caído en suerte (negra suerte, por cierto) mientras reclaman los servicios de las autoridades. Cada 50 metros había un grupo de blancos atendiendo a un negro.

Los negros no se lo creían. Aturdidos por el hambre, la sed y la hipotermia, creían que las mujeres en biquini que se inclinaban sobre sus cuerpos para darles calor eran una alucinación producida por la proximidad de la muerte. Los telediarios explotaron hasta la saciedad estas imágenes productoras de buena conciencia a precio de saldo. No nos costaba nada decir que éramos generosos. Los telediarios parecían producidos por la red de comercio justo. Daba ganas de llamarlos telediarios justos.

-Hijo, pon la tele para que veamos el telediario justo de hoy.

Veías un telediario justo y te ibas a la cama con una imagen de ti mismo a la que daba gusto acunar. Pero hete aquí (qué rayos significará hete aquí) que cuando los periodistas de los telediarios justos abandonaban la playa para solicitar la opinión de los subsecretarios o de los directores generales, los subsecretarios y los directores generales decían que aquella llegada masiva de inmigrantes constituía una amenaza contra el turismo insular. No una amenaza contra la moral, contra la justicia, contra la globalización, nada de eso: una amenaza contra el turismo, como lo oyen. Es, curiosamente, lo mismo que declaraban los directores generales acerca de las medusas y de los incendios. El cambio climático era irrelevante y la deforestación una preocupación monjil. Lo alarmante, vaya por Dios, era su repercusión sobre el turismo.

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