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Lazos Rotos

Otra República condenada por los tiranos.

Medios republicanos / laRepúbica.es.-Julio Castro. Una vez más fuimos, vimos y no vencimos. Una vez más, ahora en el 30 aniversario de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática, un tropel de ciudadanos españoles y de todo el mundo fuimos cargados de ilusión y de esperanzas, a poner sobre la mesa nuestros granitos de arena, nuestros deseos, nuestros pensamientos. Las cartas boca arriba: cuando el tirano ataca a los pobres el poderoso mira hacia otro lado; cuando el pueblo ajeno sufre, encendemos la televisión con los programas petardos a toda mecha. Pero la conciencia no calla y llama a la puerta, incluso de esas mentes convertidas en vacuas vasijas de acero, y de los corazones transformados en estómagos repletos de las miserias ajenas.

Será por eso que el corazón del desierto, la Hammada, se ha transformado en un punto de atracción para muchos y muchas. Será por eso que cada poco, pese al silencio del clamor, y el estruendo de la soledad, acudimos a acompañar a refugiados y refugiadas, que los sentimos a la vuelta de la esquina pese a la distancia geográfica, que acogemos a niños y niñas para que sus vacaciones puedan ser un poco mejores, que les enviamos desde leche hasta tiritas pasando por placas solares, que ponemos nuestra profesionalidad al servicio de aquellos y aquellas que no pueden hacerlo por nosotros.

Será porque llegar allí y sentir la hospitalidad con mayúsculas es todo uno, será por esos niños y niñas de ojos vivos y alegres, será por verles sonreír, será por el abrazo firme y solidario...

En esta ocasión he sumado un granito de arena más a lo que ya sabía de este pueblo: bajando hacia Tifariti, en los territorios saharauis liberados, encontramos un poblado donde un grupo de subsaharianos han recibido el refugio y el amparo de los que apenas tienen ni suelo donde vivir, ni casas donde guarecerse. Antes de preguntar “¿quiénes son?” supe la respuesta: aquellos que Marruecos arrojó contra las vallas de Ceuta y de Melilla, aquellos que devolvimos de nuestro particular muro fronterizo y que Mohamed VI hizo abandonar en medio del desierto sin agua ni medios próximos a la frontera del sudeste argelino, aquellos, han sido acogidos por el POLISARIO y el pueblo saharaui, tienen refugio y medios básicos en un lugar próximo a una villa. Pero nadie le dio importancia, se hizo con la mayor naturalidad del mundo. Tal vez, aunque no han conseguido su objetivo, hayan dado un cierto sentido a su vida y a su viaje; no me atreví a preguntárselo: al fin y al cabo, ¿quién soy yo, que vive cómodamente en este palacio del Norte?

Y entretanto, en los campos de Refugiados de Tindouf, la población saharaui intenta rehacer sus casas y sus vidas tras las últimas riadas. Cuando llamé desde aquí para saber cómo estaban, la respuesta fue “dile a todos los amigos que estamos bien, no ha pasado nada, sólo se han caído las casas”, y es que los valores son algo tan relativo que no podemos siquiera comprenderlo. El pasado martes, cuando fuimos allí, no pude reconocer el campamento de “27 de febrero”, pese a haber salido de allí hace tan solo mes y medio, pensé que era otro lugar.

Una vez más, fuimos, vimos... y nos vencieron

Cuando entré a tomar el té con mi familia de acogida, me di cuenta de que, quitando la fisonomía del las casas derruidas, tan sólo había cambiado una cosa: su corazón ya no era igual, era más grande.

Veamos si hoy, desde aquí, no vencemos pero al menos convencemos, que es una buena forma de arribar a buen puerto: si los poderosos le retiran la palabra al pueblo saharaui, que tomen la palabra los demás pueblos.

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